viernes, 23 de junio de 2017

       El París de Patrick Modiano


  
    Al Nobel de literatura de 2014, Patrick Modiano, lo leo desde hace muchos años, libro a libro. Es, por cierto, uno de los escritores más influyentes de Francia.
        Por cierto, Patrick Modiano ha pintado su mundo con una melancolía que conmueve. Sus páginas están impregnadas por los colores de París, y por personajes que caminan habitualmente por calles de su infancia, en Quai de Conti, en los jardines de Luxemburgo, por donde él paseaba una vez más cuando su hija le avisó por teléfono que le habían otorgado el Premio Nobel.
            En 1978 ganó el Premio Goncourt con “La calle de las tiendas oscuras” y luego se fueron sucediendo novelas como, entre las más notorias, “Un pedigrí”, “El horizonte”, “En el café de la juventud perdida”, “Una juventud”,  “La hierba de las noches”  y, entre otras, “Para que no te pierdas en el barrio” (Anagrama/Gussi, todas ellas). 
            Sus historias son complejas y sus personajes enigmáticos; se nutren de los recuerdos imaginarios que la memoria ha ido transformando con el paso del tiempo, y  así documenta una época, la de su juventud, evocando el mundo de los estudiantes fascinados por la bohemia parisina. 
            El boulevard Raspail, el café Les Deux Magots, la plaza de la Concorde, los Champs Elysés, la Place de l’Alma, aparecen y reaparecen en todas sus novelas. Como las terrazas de los cafés famosos como “Les Deux Magots” y “Café de la Flore” y, así, paso a paso, París se convierte en la geografía por la que ambulan una y otra vez los personajes de sus novelas envueltos en enigmas que los atrapan. A ellos y a los lectores.
            Sus seguidores no nos sorprendemos por la semejanza de sus libros, que suelen tratar los mismos temas, en su caso, la memoria, la nostalgia del ayer y ciertas emociones e ilusiones que sobreviven. Hay en sus novelas una sensación de “déjà vu”, con situaciones y rincones de París pintados una y otra vez, así como las misteriosas búsquedas de sus criaturas, ya sean hombres o mujeres.
                 A este mundo onírico de sus libros, todos ellos novelas cortas, se lo conoce como “modianesco”.  Y, por cierto, es muy seductor visitarlo. Como lo es ir a París, una y otra vez. Les invito, entonces, una vez más las páginas de Patrick Modiano. 

sábado, 17 de junio de 2017

UN DIÁLOGO CON  NADINE GORDIMER,
PREMIO NOBEL DE LITERATURA



       Ganadora del Premio Nobel literario en 1991, Nadine Gordimer nació en la República Sudafricana, en 1923, donde vivió y escribió su espléndida obra literaria. Falleció en 2014. 
        Fue una  dama  cosmopolita, impartiendo cursos en Europa y los Estados Unidos. Visitó nuestro país cuando ya había sido galardonada con el Nobel, y dio una conferencia en el Edificio Libertad. Tuve el honor de decir, en ese acto, las palabras de bienvenida. Era una mujer menuda, delgada, elegante.
            Me agradeció las palabras de bienvenida, en nuestro diálogo tras su conferencia. Y hablamos de literatura, naturalmente. Me señaló su interés por las letras modernas y, en especial,  por la enorme creatividad que advertía en la literatura latinoamericana. En Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa, especialmente. Le pregunté por Borges, sobre el cual había escrito elogiosamente; sonrió y dijo: “Es innecesario nombrar a Borges porque...,  es el único sucesor de Franz Kafka”.
            En cuanto a su obra, consideraba que la definía como un quehacer militante contra el “apartheid”.  Había procurado bucear en el corazón de los hombres de su tiempo. Recuerdo que dudó un instante, y se lo preguntó a sí misma: “¿En el alma de las criaturas?” Y se respondió: “Sí; me importan los sueños del alma”.
            Habló de su admiración por la escritora sureña norteamericana, Eudora Welty, la autora de Las manzanas doradas, y comentó que, de haber nacido en Estados Unidos, habría sacado otro brillo a su talento. Y hablando de Eudora Welty, dijo: “Ella no se vio obligada por las circunstancias a afrontar algo diferente. No creo que sea sólo cuestión de temperamento, porque mi escritura tenía rasgos similares”.
            Volví a su obra.  Me dijo: “He trabajado por la vida cultural, social y política de mi país, un país que ha pasado por una de las experiencias libertarias más extraordinarias de nuestro tiempo”. Y procurando quitar dramatismo a sus palabras, agregó: “Cada cual cumple con su obligación, ¿verdad?”
            Cuando nos despedimos me obsequió una novela suya,  firmada.
           Percibí que para ella la literatura no era un fingimiento, como diría Camilo José Cela, sino una realidad, una presencia. 

sábado, 10 de junio de 2017

RAY BRADBURY:
A CINCO AÑOS  DE SU ADIÓS
  

 
   
            El pasado lunes 5 de junio se cumplieron cinco años del adiós a todos, del maestro de la “ciencia ficción”, Ray Bradbury, cuyos libros han fascinado a todos. Pienso en “Crónicas marcianas”, en “Fahrenheit 451”,  “Las doradas manzanas del sol”, “El hombre ilustrado” y en sus melancólicas historias de su infancia en la hermosa novela “El vino del estío”.
            La admiración me empujó (acto audaz) a enviarle un ejemplar de mi primer libro de cuentos, “La espera” (Ediciones Banda Oriental). Ray Bradbury me respondió, enviándome dos cartas. Pasaron años y libros, y en la Feria del Libro de Buenos Aires, mucho después, le conocí personalmente.  Tengo en una de mis bibliotecas una foto, saludándole, que miro mientras escribo estas líneas.
            Era un hombre de cabellos blancos como el algodón, sonriente y muy simpático. Al estrechar mi mano me dijo que no conocía personalmente a ningún uruguayo, pero sí  recordaba haber recibido un libro de un joven escritor de este país,  hacía muchos años, a quien le había respondido diciéndole que lo agradecía profundamente el libro pero que su conocimiento del español era tan funcional que tardaría años en leer una de sus historias.
            Tras un silencio,  para su sorpresa y también la mía,  le dije que aquel escritor, a quien había escrito dos cartas, era yo.  Sonreíamos. Y agregué detalles, recordando que ambas tenían un extraño logotipo: el dibujo de una casa de dos plantas y con detalles en cada habitación, dos o tres habitantes, objetos y, en el segundo piso,  un caballo.
         Ray Bradbury me dijo las había escrito en su estudio. Y acto seguimos, hablamos de su obra.
            ¿Cuántos cuentos había escrito?, le pregunté. No lo sabía; sin duda más de tres mil. ¿Y cómo estaba siempre inspirado? Me dijo que tenía una caja repleta de tarjetas con argumentos que se le habían ocurrido en todo momento, y en su estudio elegía uno y lo escribía. Pero, tenía un secreto esencial, dijo.
            ¿Cuál era ese secreto? Y me respondió: “Si me siento  muy feliz escribo poemas; pero en cambio, si la melancolía me ronda, escribo un cuento de  mi infancia”.  Y en estos casos se dejaba ir hacia los días de la niñez, recordando los atardeceres junto a la terraza de su casa donde se hamacaba su padre hasta que el cielo se llenaba de estrellas.
            Y me reveló algo esencial de su quehacer literario: escribía cuentos o novelas con la única intención de emocionar a sus lectores, pues para él, esa era la tarea esencial de la literatura. Despertar emociones.
            Y lo logró. A cinco años de su adiós, a los 92 años, las emociones de su mundo de “ciencia ficción” permanecen vivas e  imborrables en todos sus lectores.  Y seguirán seduciendo a quienes las visiten.
             Sí, todo por sentir.

sábado, 27 de mayo de 2017

Un diálogo con Martin Amis
                   

  
      El celebrado escritor inglés Martin Amis, es una de las figuras sustanciales de las letras modernas. Hijo del consagrado novelista Kingsley Amis, tiene una larga obra, que ha merecido numerosos premios internacionales  como el Broker Prize y el Somerset Maugham, entre otros.
            Entre sus novelas se destacan títulos traducidos en todo el mundo, como Dinero, Campos de Londres, La información, Perro callejero, Koba el terrible y La casa de los encuentros (todos Anagrama/Gussi).
            Nos conocemos bastante.  Nuestro diálogo es variado.
         Le pregunto sobre coincidencias y diferencias con su padre, tan destacado escritor de su tiempo y amigo muy cercano de Graham Greene, y me dice:
       -- Hablábamos mucho de nuestro trabajo. Nos divertíamos haciendo juegos de palabras. Conversábamos por teléfono largamente. El era un escritor satírico como yo… La única diferencia es la época, la época de cada uno, eso es lo que creo.
          --¿Qué autores lee habitualmente con mucho entusiasmo?
          --Me gustan mucho Saul Bellow, Nabokov, Kafka, Borges, De Lillo…
Y agrega que considera magnífico a V.S. Naipaul, el Premio Nobel, novelista y ensayista. Y dice:
--Lo admiro mucho, muchísimo. Estoy sorprendido de me guste tanto porque no es el tipo de literatura que prefiero. Es un escritor social; en ello es profundamente indio. En este libro hace un esfuerzo por entender el mundo que bulle a su lado, escribiendo de la vieja crueldad de la pobreza y llora de emoción, sin políticas, diciendo con el corazón “basta, basta”. Es un gran premio Nobel.
Y hablando de Salman Rusdhie, me dice que son amigos y agrega: “yo soy uno de sus fans”.
Le pregunto si piensa, como decía Ernesto Sábato y tantos más desde entonces, que un escritor serio escribe siempre el mismo libro, cambiando un poco las historias. Pienso en las del Nobel francés Patrick Mediano, por ejemplo.
Y me responde afirmativamente. Y agrega:
--Saul Bellow tiene un solo tema y Graham Greene también. Yo tengo uno o dos temas… Graham Greene es muy esquemático: por ejemplo, el infiel en el amor, muere siempre en sus novelas.
¿Y con qué autores coincidían, como lectores, con su padre, el novelista? 
Responde con una sonrisa que, sin duda, con los libros de G.K. Chesterton.
            --Padre Brown… Lo leí mucho en la época de la adolescencia. Mi padre lo admiraba. Era un hombre sabio. Una vez dijo: “Cuando la gente deja de creer, es porque cree en todo”.

viernes, 19 de mayo de 2017

Un adiós a Germán Yanke,
periodista de la libertad
       

Con Germán Yanke, en Albaracín (Teruel)
        El periodismo español está de luto, pues falleció el domingo a los 61 años, en Bilbao, el periodista Germán Yanke, quien mereció la Medalla de la Orden del Mérito Constitucional, concedida por el Rey Juan Carlos. El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, expresó sus condolencias y lo definió como un «referente en el periodismo».  La prensa española le ha saludado llamándolo “el periodista de la libertad”.
Germán Yanke estuvo en la dirección del diario ‘El Mundo’ del País Vasco, fue director de la revista ‘Época’, colaborador de Antena 3 (Televisión_Española), columnista de “ABC” y director del “Diario de la noche” en TELEMADRID. Fue poeta y autor de libros de ensayos como “Euskal Herria, año cero” y “Ciudad sumergida”.  Lo recuerdo asimismo, durante dos años, custodiado en Madrid ante amenazas de ETA.
A Germán Yanke, amigo personal muy cercano, le gustaba visitar nuestro país. Tuvo aquí amistad con los expresidentes Julio María Sanguinetti y Luis Alberto Lacalle, a quienes le presenté, como él me presentó a mí a los presidentes José María Aznar y Mariano Rajoy.  
Nos encontrábamos anualmente en Albarracín (Teruel), en las reuniones de la Fundación Libertad, con Mario Vargas Llosa, Plinio Apuleyo Mendoza y Carlos Alberto Montaner.  Y en Bilbao, desde donde viajamos juntos muchas veces a San Juan de Luz, Biarritz, a Villa Arnaga, la casa museo de Edmond Rostand creador de Cyrano de Bergerac, a San Sebastián (una vez estuvimos en el Festival de cine que allí se realiza) y Pamplona, por supuesto, tras los pasos de Hemingway.
En Madrid, donde Germán Yanke vivía, presentó, junto con el escritor español Raúl Guerra Garrido (Premio Nacional de Literatura de España), la edición española de mi novela “Muerte en el Café Gijón”, de Editorial Funambulista. Fue en la librería “La buena vida”, de Jesús Trueba, hermano del cineasta y ganador de un Oscar, Fernando Trueba, quien estuvo presente en ese acto y, recuerdo, Germán nos fotografió.
Su muerte ha impresionado tanto que bastan estos ejemplos: Pepe Oneto ha escrito en Twitter: “Se nos ha ido un gran periodista y una gran persona, Germán Yanque”. La periodista Ana Pastor lo ha recordado en TVE: “Un gran tipo Germán Yanke”. Juan Cruz Ruiz, periodista y escritor, lo consideró “un periodista cabal”.
La claridad de sus ideas sedujo a miles de lectores y televidentes. El querido amigo vivirá en sus libros y en el corazón de quienes lo conocieron.

jueves, 4 de mayo de 2017

Conversación con Borges

           
       Este diálogo con Borges es uno de los reunidos en mi libro “Conversación con las catedrales. Encuentros con Vargas Llosa y Borges”, editado en Madrid por Editorial Funambulista. Este libro ha llegado a nuestras librerías a través de la distribuidora “Gussi”. La pasada semana, dicho sea al pasar, estuvo en Montevideo la directora de esa editorial española, Concepción Cuesta.  

BORGES Y SUS CUENTOS

--¿Nace en usted el cuento y el método a la vez?
            --Lo primero es la fábula, el argumento y la situación. Luego veo si conviene que ocurra en Buenos Aires, en Adrogué o Palermo. O si conviene que suceda en un vago Oriente o en un ambiente contemporáneo. Y luego veo si conviene escribirlo en primera persona o en tercera persona.
            --Pero después, ¿qué ocurre? Porque sus cuentos tienen su  sello…
            --…desgraciadamente lo tienen, ¿no?
        --Sus cuentos lo muestran laberíntico, por ejemplo, pero pienso que usted no se propone ser laberíntico.
            --No, no, por supuesto, no me propongo serlo. Hay mucha gente que me pregunta: ¿qué significa ese cuento? Y yo le digo: “ese” cuento y nada más. Si uno pregunta, por ejemplo, qué significa esta frase: “Gaucho color de oriental zafiro”, bueno significa simplemente eso. Significa esas palabras, con esa cadencia. No puede decirse de otro modo.
            --¿Por qué ese afán, Borges, de todo el mundo, por saber qué significan los cuentos, las poesías, el arte?
            --Les encanta la idea de la moraleja. Les encanta la idea de que todo cuento es una fábula… Pero yo sospecho que eso es falso. Vamos a suponer que Esopo existió: sin duda a él le interesaba más la idea de animales que hablaban como hombrecitos, que la moraleja, ¿no? Esa idea de animales que hablan como hombrecitos le interesaba más que lo otro, ¿no le parece?
             -- ¿Y cuál es su mejor libro, Borges? ¿Podría elegir uno?
            --“El libro de arena” es mi mejor libro, creo. Yo diría que el único. A mí no me gusta lo que yo escribo, pero entiendo que, aunque a uno no le guste lo que escribe, eso es lo que hace juego con uno. A mí me han dicho: ¿a usted no le hubiera gustado escribir “Macbeth”, “La Divina Comedia” o “El mundo como voluntad y representación”?, Sí, pero esos libros escritos por mí, no hubieran significado nada para mí.
--Pero sus libros, maestro, todos, se venden  aquí y  en el mundo…
--Recuerdo que un día llegué a esta casa y le dije  a mi madre: sabe lo qué ha pasado, un libro mío, “Historia de la eternidad”, vendió en un año en una librería de la calle Florida, 37 ejemplares. ¿Pero cómo es posible que se haya vendido tanto?”, me contestó”.
--Pero yo vi un ejemplar de un libro suyo en Dakar, Borges; sí, en la vidriera de una librería, y en idioma español. Recuerdo que fue en la “Librairie Clairafrique”, en la Place de l’Independance.
--¿En castellano? Eso era para asegurarse que nadie lo lea, ¿no le parece? Es un idioma tan secreto… ¿Sabe, allí me regalaron un precioso bastón, que termina en una pieza de ajedrez, y es una obra de, no sé, de algún artesano, ¿no?

domingo, 23 de abril de 2017

En Venecia, con  la “musa” de Hemingway
       


            Es una novela que me ha gustado mucho “Al otro lado del río y entre los árboles”, ambientada en Venecia y penúltimo libro publicado por Ernest Hemingway en vida. García Marquez lo consideraba como la mejor novela de Hemingway. La más llena de vida.
            En el centro de esta novela está la baronesa Adriana Ivancich, quien tenía 19 años cuando el escritor (casado cuatro veces) la conoció en Venecia  y, poco después, la convirtió en la heroína de su libro.
            Pues bien, los aquí mencionados, tienen una relación más o menos cercana, más o menos distante, con un relato mío, llamado “Un amor otoñal”, que figura en mi libro “La tarde queda”.
             Veamos. El escritor colombiano Plinio Apuleyo Mendoza me dijo que la citada novela de Hemingway tenía un personaje entrañable, que era el de la jovencita aristocrática llamada Renata, vivo  retrato de la baronesa Adriana Ivancich.
            Prosigo. Utilizando las técnicas literarias del cuento, integré la entrevista que le realicé en Venecia a la baronesa Adriana Iavancich, a  mi relato llamado “Un amor otoñal”. 
             En este relato introduje, además, como uno de los protagonistas esenciales, al académico francés Jean d’Ormesson (autor de libros tan celebrados como “Por capricho de Dios” y  “El judío errante”), visitante muy habitual de Venecia, quien guía al narrador del cuento hasta Adriana Ivancich.
            Tiempo después, cuando “Ediciones de la Plaza” publicó el libro, le envié un ejemplar a mi admirado Jean d’Ormesson, quien a su vez, generoso como siempre, me respondió enviándome una carta (manuscrita) hablando de “La tarde queda”, y donde dice estas palabras:
             “Figúrese: yo estaba en Venecia por diez días. A mi regreso a París me encuentro con “Un amor otoñal”. ¡Gracias! Yo estoy encantado de reencontrarme con Hemingway allí. Yo le conocí bien y mucho. Así, gracias a usted, tengo un buen compañero. Por ello, como siempre, mi gratitud y  mi amistad: Jean d’Ormesson”.
            La joven baronesa hemingwaiana nos sedujo a todos.


lunes, 17 de abril de 2017

Con John Barth, en Baltimore




Visité en la John Hopkins University, de Baltimore, al destacado novelista americano y profesor de esa universidad, John Barth, uno de los más prestigiosos escritores de los Estados Unidos, y también más galardonados. Entre otros, obtuvo el prestigioso “National Book Award”, y en diversas oportunidades su nombre ha figurado entre los  candidatos al Premio Nobel literario.
Nacido en Maryland, John Barth es el decano de los novelistas americanos postmodernos. Algo así como el portaestandarte de las aperturas renovadoras en el mundo de las letras.
Su “habitat” universitario, era un despacho no demasiado grande, con la estufa a leña encendida, poblado de libros hasta el techo; tenía las carátulas de sus libros pinchadas en los estantes.
 John Barth, un hombre alto y delgado, de barba cana, realmente afectuoso y dueño de muy buen humor, tenía en su despacho, en un lugar destacado, una foto con Borges. Su foto con el autor de El Aleph. Recuerdo que cuando me la mostró, la besó, hecho que de inmediato me llevó a evocar (entonces y ahora, mientras lo escribo) una emotiva descripción que hiciera Leight Hunt sobre el inglés Charles Lamb, al cual vio una tarde besar un libro de Homero.
Le comenté que Borges había elogiado y hecho publicar en Buenos Aires un cuento mío, llamado “El hombre que robó a Borges”. Y él me confesó que era un escritor borgeano.  Y agregó que lo consideraba el maestro de las letras del siglo veinte.
Su fruitivo libro La ópera flotante  pone de manifiesto su arte para inventar historias en clave de comedia y, sin duda, es una de sus piezas maestras. Sus historias son estrategias narrativas entrelazadas, cuya meta más evidente parece ser la exploración. Más que expandirse por los predios de las formas tradicionales de la narración, las historias que cuenta se van entretejiendo en base a incontables cruces e intercambios de información. Es un mundo que se reordena de manera permanente.
En este sentido, este libro se ubica en la vereda opuesta de la literatura comprometida, del “sustancialismo” y del formalismo. 
Un placer para paladares especiales.

domingo, 9 de abril de 2017

Diálogo con Soledad Puértolas


      Soledad Puértolas es una de las figuras de primera línea en la  literatura española. Nacida en Zaragoza, en 1947, y radicada en Madrid, ha escrito numerosas novelas, libros de cuentos, textos autobiográficos y relatos para lectores juveniles. Entre sus títulos más difundidos se encuentran se encuentran “Burdeos”, “Queda la noche” (ganadora del Premio Planeta), “Una vida inesperada”, “Gente que vino a mi boda”, “Adiós a las novias”, “La vida oculta” (ganadora del premio Anagrama de ensayo), Compañeras de viaje. Barcelona. Anagrama, Mi amor en vano y Chicos chicas. (todos de Anagrama/Gussi). Sus libros están traducidos a diversos idiomas.
           Siguen mis preguntas y sus respuestas.
           --¿Cómo nacen, crecen y se desarrollan hasta llegar al libro, tus novelas? ¿Planificas todos los pasos, vas andando con ella a medida que avanza?
--Toda creación es lenta y te va invadiendo, como todo proceso de creación. La novela es invasora. Empieza, por lo menos para mí, siendo un atisbo, veo una luz al final de un túnel, por así decirlo, y poco a poco va cobrando cuerpo. Los personajes y el entramado que tengo vagamente en la cabeza, se van configurando. Yo no soy de las que hacen un  esquema y luego va trabajando capítulo a capítulo; no, voy encontrando sorpresas, y el mismo ritmo de la novela me va planeando la siguiente secuencia. Confío mucho en el desarrollo natural del proceso. Confío mucho. Y si se estanca, hago un paréntesis y lo dejo. Hago otras cosas. Y si tengo calma y confianza, sé que eso vuelve.

--¿Qué efectos tiene sobre tu mente, sobre tu cuerpo, la creación literaria, si es que tiene alguno?
--Desde luego que cuando estoy escribiendo una novela me siento mejor que cuando no estoy escribiendo una novela. Porque estoy bien, con un proyecto que me llena. Cuando termino la novela, tengo una sensación de agotamiento absoluto y de extenuación total.

--¿Cuántas horas escribes? ¿Cuál es tu rutina?
--Escribo dos o tres horas al día, no más, por las mañanas. Ese es mi plazo necesario; es cuando se asienta dentro de mí, en mi inconsciente, y emerge con cierta fluidez todo aquello que ha ido madurando.

--¿Cómo escribes?
--Escribo con ordenador portátil, que para mí es una maravilla… No me gusta nada estar sentada en una mesa, en un determinado lugar. No. Con mi ordenador yo me acomodo en un rincón en mi casa, con el portátil sobre un almohadón y me siento muy a gusto.

--¿Chejov, el alma, o Borges, la perfección absoluta? ¿Podrías escoger uno?
--Chejov es el alma, desde luego. Es el maestro de los maestros. Borges es el perfecto cuentista, del cuento acabado y redondo. No es el tipo de cuento que a mí me gusta. Entre Borges, que es un cuentista rotundo, indiscutible, donde todo está cerrado como en un globo, y perfecto, y Chejov, que lo deja todo abierto, yo soy de Chejov.

domingo, 2 de abril de 2017

Diálogo con Plinio Apuleyo Mendoza



            Es una de las grandes personalidades de las letras latinoamericanas. Me refiero a Plinio Apuleyo Mendoza, periodista de extensa trayectoria, novelista y ensayista, nacido en Colombia hace 85 años. Fue embajador de su país en Italia y Portugal.  Su novela más reciente es “Entre dos aguas”.
             Le conozco desde hace muchos años, y nos hemos visto en diversas ciudades del mundo. Tuve el honor de que presentara mi libro “Figuras de papel”, junto a Carlos Alberto Montaner.  
            Fue amigo entrañable de Gabriel García Márquez, y su biógrafo. Le  conoció jovencísimo, y  ha dicho que fue para él “lo más parecido a un hermano”. Luego coincidieron en París. En “Aquellos tiempos con Gabo”, uno de sus libros sobre el Nobel colombiano, hace una extraodinaria pintura. Y es, también, amigo íntimo de Mario Vargas Llosa, desde siempre. Le he pedido, entonces, que defina a ambos escritores y, ya que estábamos, también a sí mismo. Los relacionó con sus signos astrológicos, por otra parte, lo que fue una sorpresa para mí.  
            Siguen mis preguntas y sus respuestas.

            --¿Como definirías a Gabriel García Márquez?
         --A la hora de definirlo, experimento una gran dificultad. Es obvio, quizás, decir que es uno de los tres grandes novelistas nacidos en este siglo. En su personalidad de escritor intervienen factores tan diversos como su signo astrológico --un Piscis absolutamente intuitivo, doblado de un Tauro muy realista--, la manera fantástica de contar las cosas de doña Luisa, su madre, y un enjambre de influencias literarias que van desde Amadis de Gaula hasta Virginia Woolf, para no hablar de todo lo que le debe a Faulkner. En ningún otro escritor latinoamericano es tan fuerte nuestro mestizaje cultural. Es decir, la huella de culturas marginales, que en la región donde nació, en un pueblito de la costa colombiana, son muy fuertes. Me refiero a los indios de la península de la Goajira o a los descendientes de los esclavos negros. Unos y otros expresan a su manera, en sus relatos y leyendas, un sentido muy extraño de la realidad.
           
            --Cómo definirías a Mario Vargas Llosa?
        --Mario es también un escritor que yo admiro mucho, pero por distintas razones. Para mí es un mosquetero: un hombre vertical, de una verticalidad que raya en la intransigencia cuando se trata de defender principios. Siempre está dispuesto a librar combate por las buenas causas. Y no obstante la espada que siempre lleva al cinto y que desenvaina cada vez que es necesario, tiene humor. Políticamente, comparto ciento por ciento sus ideas. Es un soberbio ingeniero en el oficio narrativo y un gran cronista de nuestra realidad. Creo que la Academia Sueca ha tardado mucho en darle el Nobel, porque es el gran Balzac latinoamericano.
           
            --¿Y cómo te defines a tí mismo?
           --Tal vez la astrología pueda ayudarme a hacer una definición. Soy un Aries (como Mario), con todo lo peligrosamente impulsivo que tienen los Aries, doblado de un Piscis (como Gabo) a quien le debo mi devoción secreta por la literatura. El Aries me mete en líos y tiende a convertirme siempre en un periodista polémico. El Piscis quisiera que el periodismo no frustrara al escritor que llevo dentro desde niño y lo dejase escribir en paz cosas de mayor calado. 

domingo, 26 de marzo de 2017

Un diálogo con Rosa Montero



      Armoniosa, pequeña, ágil, generosa, locuaz, alegre, aguda. Impresiona su vivacidad. Y sus ojos negros, más grandes que la cara. Destacada periodista y novelista madrileña, Rosa Montero ha obtenido numerosos premios, entre ellos el Nacional de Periodismo y el Premio Primavera de Novela.
Entre sus títulos emblemáticos, destacan: "Te trataré como a una reina", "Amado amo", "Temblor", "Historias de mujeres", "Amantes y enemigos”, "La hija del caníbal”, “Pasiones”, “El peso del corazón” y la última “La carne”,  y libros periodísticos como, entre tantos, “La pasión de mi vida” y “Estampas bostonianas”.
Esquivando los temas de su mundo novelístico, nuestro diálogo tiene relación con los géneros literarios que cultiva,  y  de qué manera lo hace,  porque sin duda ellos tienen su sello personalísimo.
Siguen mis preguntas y sus respuestas.
            
        --¿El periodismo entorpece el literato, como decía Hemingway, o quien cultiva ambos, en verdad se enriquece?
            --Es tan evidente y tan obvio que no entiendo cómo la gente se hace tanto lío. Mira, el periodismo, el que tú y yo hacemos, es un género literario. Ser periodista de televisión, no. Pero éste, el nuestro, es un género literario exactamente igual que el otro; igual que la poesía, que la narrativa, que el ensayo. Lo que pasa es que tiene sus reglas y hay que atenerse a ellas.
             --Entonces podemos seguir escribiendo de los más tranquilos...
        --¡Hombre! Y es muy raro el escritor que cultiva un solo género. Lo normal es que sean ensayista y poeta. Octavio Paz, por ejemplo. Nadie se extrañaba de que Octavio Paz fuera ensayista y poeta, ni le preguntaban si su ensayo está contaminado por la poesía o la poesía por el ensayo. No, no. Y yo me considero una escritora que cultiva los géneros que son la narrativa y el periodismo. Y dentro del periodismo se puede llegar, además, a una altura literaria enorme. Pero claro, si haces periodismo como novela, harás mal periodismo; y si haces novela como periodismo, harás mala novela. Simplemente te tienes que atener a las reglas, como en los otros géneros.     
        --¿Y dónde está la frontera entre un género y el otro?
      --En el periodismo la claridad es un valor; cuanto menos ambigua sea una pieza periodística, mejor es. En narrativa la ambigüedad es un valor; cuanto más compleja, más paradójica, más llena de niveles e interpretaciones distintas, mucho mejor. Es que son muy divergentes. Tienes que hacer una cosa de una manera, y la otra cosa de otra manera. Así de sencillo.  
    --¿Cómo nace una novela, se desarrolla, crece y fructifica en tu imaginación?
        --Nace de un huevecillo, una cosa minúscula que se te pone dentro de la cabeza y que puede ser una frase, un concepto pequeñito, un personaje, unos ojos que has visto en la calle, un recuerdo... Y ese huevecillo va creciendo y creas un mundo y unos personajes, esos personajes van creando sus historias y, al final de unos dos años, tengo todo clarísimo. Es importantísima la voz narrativa, quién va a contar la historia. Y luego se me suele ocurrir el final de la novela, y luego se me suele ocurrir el principio; y así se va completando ese tránsito. Pero lo más importante es la arquitectura de la novela; ése es el mérito, ahí te la ganas. Cuando tengo todo eso en la cabeza, me siento a escribir.
             --¿Y para quién escribes?
           --Yo escribo para saber, para desvelar, para poner palabras a lo que no tiene nombre. Para poner una luz en las tinieblas.

domingo, 19 de marzo de 2017

Diálogo con Mario Vargas Llosa




            En este nuevo diálogo con Mario Vargas Llosa nos detenemos en cuatro figuras sobresalientes de la literatura, distantes, singularísimas, comprometidas a su manera con su tiempo. Me refiero a José Enrique Rodó, a Saint Exúpery,  Jean Paul Sartre y André Malraux. Están siempre presentes en la mente de ambos, por ello es fácil para mí preguntarle por ellos, como a él responder con lucidez y agudeza sobre sus obras. Siguen preguntas y respuestas.

            --Vamos concretamente a varios escritores, comprometidos con su tiempo, que han marcado la literatura y cuyo juicio me gustaría conocer hoy, sometidos al paso del tiempo. Ellos son José Enrique Rodó, Saint Exúpery, Sartre y André Malraux.
--Yo tengo mucha admiración por Rodó. Yo creo que fue un gran prosista, en primer lugar, y luego un pensador generoso, que tuvo una visión idealista de América. Seguramente, su visión está muy condicionada, en parte, por mitos de la época Pero su idealismo, su fe en los grandes valores, su creencia en la cultura como un instrumento civilizador, modernizador, que crea una comunidad espiritual más importante que aquellas que marcan las fronteras, y su visión profundamente americanista, ello, me parece que sigue siendo muy válido, ¿no? Por otra parte, hay que destacar los aspectos puramente literarios, de la prosa y de la cultura de Rodó… El caso de Sartre a mí me parece --a diferencia de lo que ocurre con muchos franceses que han celebrado estos veinte años como un retorno, como una reivindicación de Sartre-- el de un pensador de una época que muy difícilmente volverá a tener vigencia. Creo que Sarte, con toda su inteligencia y la influencia que llegó a tener, está como fechado. Se equivocó mucho más de lo que acertó en el campo político. Yo creo que esa frase del escritor catalán Joseph Pla sobre el escritor Marcuse, es una frase que se podría aplicar, quizá con más justicia que a Marcuse, a Sartre:  “contribuyó más que nadie a la confusión contemporánea”. Creo que políticamente Sartre fue un hombre que se equivocó sistemáticamente, que contribuyó muchísimo a desvalorizar la democracia, a justificar el socialismo, el colectivismo, aún con los peores crímenes, en nombre de una historia que la realidad contemporánea ha desmentido y ha desechado. De manera que esa obra, para mí, hoy en día, no tiene vigencia, sino que probablemente la va a tener menos en el futuro. Ah!, y el otro caso que tú citabas, Saint-Exupery…, bueno, a mí me parece un magnífico escritor. Yo leí con gran entusiasmo sus novelas (aunque “Ciudadela” me parece un libro muy bello, como prosa), pero, sobre todo las novelas, esas novelas de acción, de un aventurero, llevadas a un nivel como las de Malraux, llenas de inteligencia, de lucidez, de héroes que se distancian de sus propias hazañas gracias al intelecto, a la cultura, al examen crítico. Son novelas muy ricas, muy fascinantes. No las he vuelto a leer, a las de Saint Exupery, pero las leí con gran entusiasmo cuando joven.
--Y bueno, ahora que hemos llegado a Malraux, recordemos que estuviste presente  cuando fue depositado en el Panteón en París.
--Sí, fue un honor para mí… Y es que yo le tengo una gran admiración a Malraux. Yo creo que es uno de los grandes escritores del siglo veinte. Por desgracia hoy no tan leído ni tan admirado como debía ser, yo creo que por razones políticas, porque la última etapa de Malraux fue mucho más la de un político que la de un escritor. Y eso ha hecho que se pierda un poco la perspectiva sobre la importancia de su obra. Sin embargo, mira, sus novelas, y también algunos de sus ensayos, a mí me parecen de una inmensa riqueza intelectual. Y sobre todo “La condición humana”, llena de un vigor y una fuerza contagiosa… Yo la volví a leer no hace mucho, para escribir justamente un ensayo sobre ella, y a pesar de haberla leído ya varias veces, a mí me conmovió, me impresionó, me llevó desde la primera línea hasta la última como hechizado, como las grandes novelas. Así que sigo convencido de que “La condición humana” es una de las grandes novelas que se han escrito el siglo veinte.

domingo, 12 de marzo de 2017

Diálogo con Arturo Pérez-Reverte
                 



          Arturo Pérez Reverte (Cartagena, España, 1951) es autor de una vasta  y difundida obra literaria, donde destacan “El maestro de esgrima”, “La tabla de Flandes”, “Territorio comanche”, “El Club Dumas”, la serie de “Las aventuras del capitán Alatriste”, “El francotirador paciente” y, en fin, la reciente “Falcó”  (Alfaguara).  Varias de ellas han sido llevadas al lenguaje del cine.
Pérez-Reverte fue veintiún años reportero, especialista en temas de terrorismo y obtuvo el Premio Asturias de Periodismo por su cobertura para TVE de la guerra de la ex/Yugoeslavia. Integra la Real Academia Española.
Siguen momentos del extenso diálogo que he mantenido con el famoso escritor español.

--¿Cuando nació tu  vocación por la escritura de ficciones?
--Soy un escritor tardío; empecé a los 35 años cuando escribí una novela por casualidad, para contar un episodio. Y como funcionó, escribí otra. Como también gustó, hice la tercera y se convirtió en un éxito. Y así me encontré convertido en un escritor exitoso sin habérmelo propuesto, cosa que, por otra parte, me alegra muchísimo.
             --¿Es cierto, como leí en algún lugar, que tú dijiste que te gustaría ser un escritor de minorías?
--No, no… Mira, eso ha sido una broma de mi parte que han tomado en serio. Me gusta contar historias y me gusta que se lean. Conseguirlo, lo considero un gran premio. Cuando veo en una librería mis libros, allí, entre Vargas Llosa y Stephen King, bueno, eso me llena de satisfacción y de orgullo…
             --¿Cuál es tu relación con el cine?
-- Mi relación con el cine es accidental, debida a los amigos, sabes, que me piden un guión y esas cosas, pero nada más. Lo mío es la literatura. Voy al cine, veo las películas y algunas me gustan y otras menos; es lo que ha pasado cuado he visto películas sobre mis libros, que unas me gustan y otras no tanto. Lo mío no es el cine, es la literatura. Aunque el cine te deja buen dinero…
--Lo tuyo, podríamos decir, que es la literatura y el mar…
--Sí. Soy escritor y marino. Escribir es hacerse un nido, como las aves, es organizar el mundo para hacerlo más confortable. Y el mar, sabes, es como la vida. Es un lugar peligroso, bonito, donde estás solo y dependes de tí mismo. Es lo que a mí me gusta.
--¿Y no sientes nostalgias del tiempo en que fuiste periodista, reportero?
            --No, no, para nada. Aquello está fuera de mi vida. Siento nostalgias de la juventud, pues ahora echo en falta aquellos años, veinte años, treinta años, en los que había inocencia, amigos, buena forma y salud.
--Sí, cuando éramos inmortales…
--¡Hombre!, qué bien lo has dicho…


lunes, 6 de marzo de 2017

Diálogo con Martin Amis



           Martin Amis (hijo del famoso novelista Kingsley Amis) nació en Oxford, Inglaterra, en 1949. Trabajó como periodista y sus artículos se pueden leer en el libro “Visitando a Mrs. Nabonov”. Como novelista debutó con “El libro de Rachel”, obteniendo el premio Somerset Maugham. Otras de sus conocidas novelas son: “Dinero!”, “Campos de Londres”, “La flecha en el tiempo” y “La información”. Entre sus títulos más recientes, tenemos La casa de los encuentros”, “La viuda embarazada”, “Lionel Asbo: El estado de Inglaterra” y “La zona de interés” (todas ellas editadas por Anagrama/Gussi).
           Sigue uno de nuestros diálogos sobre tarea de escritor,  merecedor de numerosos premios internacionales y considerado una de las plumas fundamentales de las letras inglesas de hoy.

--¿Cómo elige los titulos para sus libros?
--Hay dos tipos de títulos. El que está implícito, el obvio, ese que forma parte del libro. Y el otro, que es como dar nombre a un hijo; éste lo eliges en el momento adecuado, y suele ser al final. Yo prefiero el primer tipo. Mi novela “Campos de Londres” es un buen ejemplo en ese sentido: hasta el sonido era importante… A mi padre le gustaba ese libro;´él me decía “será importante”. Y como yo se lo había dedicado, me decía que lo estaba desperdiciando…
--Cómo fue su relación con su padre?
--Muy buena… Hablábamos mucho de nuestro trabajo. Nos divertíamos haciendo juegos de palabras. Teníamos largas conversaciones por teléfono. El era un escritor satírico, como yo, y nuestra única diferencia es la época, la época de cada uno. Eso es lo que me parece a mí.
--¿Qué escritores le entusiasman?
--Me gustan mucho Naipaul, Saul Bellow, Nabokov, Kafka, Borges, De Lillo…
--¿Y autores latinoamericanos? --pregunté, señalando en su remera el nombre estampado de García Márquez.
--No lo conozco a Márquez… No me gusta demasiado leer traducciones.
--¿Y  Vargas Llosa? --dije, casi mecánicante.
--Tampoco…
--Siempre se escribe el mismo libro, como la mayoría de los escritores,  cambiando aspectos de la historia esencial que narran, y me responde:
--Saul Bellow tiene un solo tema y Graham Greene también. Yo tengo uno o dos temas… Greene es muy esquemático: por ejemplo, el infiel, en el amor, siempre muere en sus novelas.
¿Conoció a Graham Greene, que fue muy amigo de su padre?
--Fui a ver a Graham Greene cuando cumplió ochenta años, a un restaurante, para hacerle una entrevista. Estaba acompañado por su mujer, que tenía veinte años menos que él: ella vestía una chaqueta de cuero muy ajustada y estrechos pantalones de cuero y zapatos con unos tacos muy altos… Era muy agradable, pero un poco escandalosa y todo el mundo estaba pendiente de ella. Era impresionante; y él estaba orgulloso de ella, quería escandalizar, también.
Y,  para terminar, ¿qué tal Chesterton?
--Lo leí mucho en la época de la adolescencia. Mi padre lo admiraba profundamente. Chesterton era un hombre sabio. Una vez dijo: “Cuando la gente deja de creer, es porque cree en todo”.